miércoles, 4 de noviembre de 2015
No pierde el rumbo, el norte va con ella
Que sí, que todos pasamos nuestra pequeña edad de hielo. Pero ahora estoy encantada, porque quiero, porque puedo. A mi las espinas me crecen hacia dentro, para protegerme de mi misma, pero he llamado al jardinero, a ver si me hace unos apaños. Y de paso, me arregla lo de las espinas. Y pobre de la hipotenusa, siempre rodeada de catetos, dando a entender cosas que no son, para que la acepten al menos como suma de todo lo demás. Fuera del sitio y en la perpendicular de tu sonrisa, o la mía, no me acuerdo bien. Porque cualquier sitio parece mejor, menos para el dolor, ese si se instala entre el segundo y el tercer espacio intercostal. Las 5:00 de la mañana y sigo pensado que ha sido una buena idea salir sin un paraguas, aunque esté empapada. No tengo remedio. El sol se despierta, y yo sigo sin secarme. ¿Cuántos gramos pesa mi alegría? ¿Cuánto pesa el miedo a ser feliz? ¿Cuánto vale la sonrisa, a pesar de todo?
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