miércoles, 11 de marzo de 2015

Te pesan hasta las pestañas pero...

Te pesan hasta las pestañas. Tienes tanto sueño que parece casi imposible que te levantes. Y no sabes muy bien cómo, pero lo haces. ¿Horas de sueño de más? ¿de menos?
Siempre hacia delante, con el corazón bien levantado y la cabeza latiendo fuerte ¿o era al revés? Los puños apretados, por si las moscas, y sin cerrar las puertas a nada ni a nadie. Es hora de coger la buena suerte y echarsela encima, para no pasar frio, que le den a los abrigos, qué sabran ellos de dar calor. Calor del bueno, del que se encuentra en los abrazos, las cosas bien hechas y los pequeños detalles.
Sabes transformar tus pequeños defectos en las mayores virtudes, porque aunque a ti no te gusten a alguien le encantarán. Tienes cientos de manias, obsesiones y cosas que no te apetece cambiar. Porque al fin y al cabo somos eso, un cúmulo de imperfecciones perfectamente imperfecto. Y nos encanta. A quién no le gusta disfrutar de las imperfecciones de otros, conviertiendolas en cosas buenas, perfectas, y enamorándose de cada una de ellas. Lo de tenerse, tocarse y saborearse pasa a un segundo plano cuando lo principal son las imperfecciones que hacen a alguien perfecto.
La vida no nos trata mal, somos nosotros solos, que nos exigimos cosas imposibles hasta para superman. Admitámoslo, somos pequeños, vulnerables e inseguros, y a mucha honra.
Claro que estaría bien quedarse en la cama y no salir nunca, las sábanas nos protegen hasta de los monstruos más horribles. Aunque yo no sé tú, pero no estoy dispuesta a perderme la diversión de salir de la cama y mancharme entera de barro luchando contra ellos. Nadie puede vencer tus monstruos por ti, tal vez alejarlos, pero nunca acabará con ellos.
No sé, ¿te apuntas? Tengo unas ganas de comerme el mundo colgadas en el armario que me sobran, puedo prestártelas.

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